Aunque no es obligatorio, en principio, teníamos en mente escolarizar a Oliver el próximo año, con 3 años. Y si hay algo que no dejaba de rondar por mi mente es la falta de período de adaptación escolar en los colegios de la zona, al menos los que conozco, aunque tengo que investigar más profundamente. Lo que llaman período de adaptación es llegar al colegio, dejarlos en la puerta, están en clase una hora la primera semana y se acabó. Y NO ME GUSTA NADA.

En una escuela infantil cercana a mi casa, había escuchado por otras mamás, que lo hacían un poco diferente, y aunque no sea 100% perfecto, al menos es mejor que en los colegios. Por ello, y después de meditarlo mucho, pensando lo primero en mi hijo, que por su personalidad, comportamiento, creímos que le gustaría, y que quizás, sólo quizás, le ayudaría a llevar mejor el comienzo en el colegio el próximo año, nos decidimos a apuntarlo media jornada , 4 horas. Ahora que pasó el primer mes en la escuela infantil, quiero contaros mi experiencia y un par de reflexiones.

El lunes 2 de septiembre fuimos a una reunión las profesoras donde nos preguntaron por el niño, costumbres, gustos, etc. También nos explicaron cómo se haría el período de adaptación y nos comentaron rutinas de horarios y actividades que suelen realizar allí.

Empezó el lunes 9 de septiembre, lo que hicimos esta primera semana fue estar 1h, de 10-11 y mi tarea era estar sentada en una esquina del aula. No me podía mover de allí, a no ser que me lo dijeran ellas. Oliver podría venir a junto mía cuando quisiera. Él se dedicó a investigar el nuevo lugar, juguetes, los patios. Me llamaba y venía cada 5  minutos pero parecía que le gustaba. Al pasar la hora acordada no se quería marchar. Esa primera semana apenas se relacionaba con los niños, ni los niños con él. Es un aula con 19 alumnos. Pero tal y como las profesoras me habían advertido, esa suele ser la fase inicial donde todo es novedad.

La segunda semana, la del 16 de septiembre,ya no fue tan bien. Ya no le hizo tanta gracia ir al “cole”. En un par de ocasiones, al despertar , me dijo que no quería ir. Aunque luego se le pasaba pero en clase ya fue también otro cantar. Los primeros días de esta segunda semana no quiso salir a los patios. Venía a donde estaba yo sentada, me decía que fuera con él y yo le respondía que fuera él solo, que yo le esperaba en el aula. Pero no quería y se quedaba jugando en clase solo. A finales de semana salía algunos minutos al patio delantero por el que me podía mirar por una ventana. Al patio interior no hubo manera.

Para finalizar la semana la profesora me dijo que el viernes, tras estar un rato en clase, me despediría de él, lo avisaría de que iba a  comprar, o lo que fuera y me saldría de clase y quedaría media hora solo y luego volvería a buscarlo. Llegó el viernes, y casi con taquicardias, así lo hice. Fui a junto de él, le dije que iba a buscar pan y que volvía. No había terminado de hablar y ya estaba llorando. Una profesora lo cogió en brazos y casi sin mirar atrás salí del aula. Y del colegio.

Me sentí fatal. Y lloré yo también por supuesto. Al volver estaba con una profesora pero no lloraba ni tenía los ojos rojos ni llorosos, que fue en lo primero en que me fijé. Su cara al verme fue de alivio y felicidad. Me dijeron que se había calmado “muy rápido” y que estuvo “bien”.

Ese fin de semana (y desde entonces hasta ahora) estuvo pegado a mí como una lapa, literalmente. En cuanto me iba a otra habitación de la casa ya me estaba llamando a gritos o se venía conmigo.

Llegó la tercera semana y el plan indicado por las profesoras era estar yo un poco en clase al llegar y luego irme, hora u hora y media. Y así lo hicimos. No ha habido un solo día que quedara sin llorar y algunos días me decía que no quería ir al “cole”. Las profesoras me dicen que “sólo” es el momento de despedirme, cuando me voy, que luego no tarda ni dos minutos en estar tranquilo y participa sin problema en todas las actividades con los demás niños.

Y yo no lo sé, claro. Bueno, hubo un día que la profesora me vió un poco compungida en el pasillo al marchar y nos mandó una foto de él nada más irme para que viera que no lloraba y estaba bien. Tengo que añadir que cuando lo iba a recoger siempre estaba tranquilo y jugando y no tenía prisa por marchar.

¿ Y la cuarta semana, la del 30 de septiembre? No pisó la escuela infantil. Cogió bronquitis que fue empeorando de lunes a domingo, con tres visitas al médico, inhaladores y varias nebulizaciones. Y esta semana seguramente tampoco podrá ir.

Ha sido un mes duro. Todavía no sé si estoy satisfecha con la decisión tomada y creo que os contaré dentro de un año si ha merecido la pena, o no.  Y para finalizar me gustaría hacer dos reflexiones.

Los niños, de tres, cuatro o cinco años, de cualquier edad, todos son personas, con emociones y sentimientos que deben ser tomados en cuenta. Que necesitan a sus padres o figuras de referencia para afrontar las nuevas situaciones que se les presentan. Necesitan sentirse acompañados, seguros y protegidos. Esto es válido para el colegio o cualquier otra actividad o situación.

Debemos informarnos, leer, estudiar. Cada vez hay más estudios que demuestran cómo funciona el cerebro de los niños, como responden ante estímulos, situaciones, y como se va desarrollando su cerebro y con ello sus capacidades de entender, asimilar, por ejemplo, conceptos de tiempo, que a estas edades tempranas no tienen. Y las secuelas que algunos actos pueden quedar en nuestra mente, aunque pensemos que no. ” Ya se acostumbrará” o “se tiene que acostumbrar” y ” conmigo lo hicieron así y a mi no me paso nada ” son las frases cliché más escuchadas en situaciones escolares o cuando hay que dejar al niño con otra persona que no es la figura de referencia. Y parece que no les importa lo que el niño sienta o por qué.

Por otro lado, algo que me ha hecho reflexionar mucho también, es el ratio profesor – alumnos. Según me dijeron, aquí es un profesor por cada 19 alumnos. Por suerte, en clase de Oliver, que son 19, tienen dos profesoras, al menos en la clase 2-3 años. Durante las dos semanas que estuve sentada en aquella silla, en una esquina, pude observar cómo una profesora, por muy dedicada y profesional que sea es totalmente insuficiente… Quiero decir, ¿si yo sólo tengo un hijo y ya me cuesta no perderlo de vista, que en un abrir y cerrar de ojos está saltando de algún lado, metiendo algo en la boca o intentando trepar ? ¿en serio creemos que una  sola persona puede atender, preparar actividades y vigilar todo lo que hacen 19 niños de 2 años ? Que no paran quietos ni un segundo señores y señoras !!!!

Desde aquí mi mayor respeto y admiración a esos profesores y profesoras que amorosamente además, cuidan, enseñan valores, actividades, rutinas de la vida diaria y muchas más cosas a nuestros pequeños, a nuestro mayor tesoro.

¿ cómo ha sido vuestra experiencia en las escuelas infantiles o en preescolar ? ¿qué opinais del periodo de adaptación ?


2 commentarios

Mónica B. · 18 octubre, 2019 a las 23:35

Hola Eli, que bonita entrada, me gusta porque es muy sincera y cierta. Tienes razón, nunca tenemos en cuenta la opinión de los bebés. Pensamos que ya se le pasará y ya. Pero lo que tú haz hecho merece aplausos. Yo no tuve la oportunidad de quedarme un rato con ninguna de mis niñas en su entrada al colegio, fue traumático al principio pero con el tiempo todos nos fuimos adaptando. Y para serte sincera creo que dos años son muy pequeñitos para ir al colegio. Aún les queda tiempo para compartir con mamá.
Espero el bebé ya esté mucho mejor de salud. Un abracito a los dos.

    Eli · 20 octubre, 2019 a las 12:15

    Hola Mónica, muchas gracias por tus palabras. El peque ya se encuentra bien y esta semana ya fue a la escuela infantil. Un abrazo,

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