Cuando te quedas embarazada, empiezan a surgir de la nada consejos de tus más allegados, y uno muy común es: “duerme ahora todo lo que puedas, que luego no podrás “. Eso como si el sueño se pudiese almacenar para ir cogiendo un poco cuando un día no duermes suficiente. En fin, que sin poder evitarlo, le dí vueltas al tema, porque tengo que reconocer que yo, si no duermo, soy un ogro, un verdadero ogro. Pensaba para mí, pobre de mi marido, mi hijo y cualquiera que se cruce en mi camino.

Los meses pasaron y mi hijo nació, y miren ustedes por donde, DUERME BIEN. Obviamente, he pasado noches moviditas, con cólicos, noches que tarda horas en dormir, y noches en que se despierta un millón de veces, pero, como regla general, puedo decir que duerme bien.

Pero, claro, hay un GRAN PERO. Porque en la maternidad como en la vida, nada es perfecto. Más bien, todo es perfectamente imperfecto. Mi hijo es MAL COMEDOR, en serio, mucho. No es cosa de madre o de abuela.

Mi hijo nació prematuro, con 1,250 kg (más adelante os contaré la historia), y desde que fue para casa, hemos ido mes tras mes a controles de peso durante el primer año. Visita a gastroenterología incluida. Pero un análisis perfecto nos dió un respiro, aunque seguimos con controles.

Y es que da igual lo que le ofrezcas: puré, trozos, comida sana, comida menos sana, da igual. Sus 5 minibocados y se acabó.

Preocupación, desesperación y frustación, tengo que aprender a convivir con ello. Pero sobre todo tengo que aprender a SOLTAR EL CONTROL. Cuando dice no, es no.

Pero es un niño SANO, ACTIVO Y FELIZ. Así que soy muy afortunada y estoy muy agradecida por ello.

Feliz semana a todos.


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